¿Qué tiene Silvio Berlusconi que no tenga Hugh Hefner?

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Es curioso. Cada vez que veo últimamente a Berlusconi siempre me viene a la cabeza el bueno de Hugh Hefner, ya saben (o no), el creador del fenómeno Playboy. Los medios de comunicación se entretienen ahora con las juergas que se monta el primer ministro italiano en su mansión y su supuesta relación con una menor de muy buen ver.

Hugh Hefner no tiene esos problemas. El abuelete es un defensor público del uso de la viagra y siempre deja bien claro que sus novias superan, aunque sea por poco, los dieciocho años de edad. Además al poseedor de una de las fortunas más importantes de Estados Unidos le gusta alardear de ser el anfitrión de más fiestas que nadie en el mundo. En varios meses su paraiso en la tierra suele servir de escenario para una veintena de guateques subidos de tono en los que las protagonistas de las páginas de su popular revista, ahora en su ocaso (también por culpa de internet, dicen), hacen las veces de animadoras. Hefner también aparece asiduamente en la prensa (occidental) y el trato que recibe de ésta es cuanto menos condescendiente. Incluso, en las entrevistas que aparecen en los periódicos o televisión, a menudo, se nota un tono de cierto compadreo entre el interrogador y el cuestionado.

La comparación entre estos dos personajes lleva a plantearse ciertas preguntas. ¿Qué diferencia a estos individuos, ya en el otoño de sus vidas, para que una vez superado el tamiz de la censura moral que supone la opinión pública cada uno obtenga condenas tan dispares? La respuesta parece sencilla. Podríamos decir que un representante del pueblo italiano, por el mero hecho de serlo, le está prohibido atentar contra ningún pecado capital y debe hacer gala de cuantas virtudes públicas se encuentren a su alcance. El problema es que el caso Ilona Staller (o sea, la Cicciolina) echa al traste esta hipótesis. La democracia italiana es muy compleja para mis entendederas.

En estas situaciones se hace más patente aquello que oí en una película de Spencer Tracy, Catharine Hepburn, Van Johnson y Angela Lansbury (El Estado de la Unión, nombre en castellano del film) en el que la de Connecticut, en el papel de esposa de un aspirante a la Casa Blanca, sentencia que en USA no habría políticos profesionales sin votantes aficionados.

Pero Hefner también me suscita algunas interrogantes, sobre todo una: ¿por qué uno de los tipos más envidiados de Estados Unidos nunca probó suerte en la carrera política? Quizá porque ya había muñecos como Berlusconi para hacer el papel.

[Photo: The Illustrious Johnny Jet]

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