El precio de la convivencia

A principios de año escuche de boca de un empleado de una entidad financiera que le venía cuesta arriba tramitar el papeleo para la concesión de un crédito subvencionado por el estado español para comprar un coche, “gano lo mismo con las comisiones de cuatro movimientos que con este prestamo, es el primero y el último que hago”. Estamos hablando de un momento en el que las ventas de vehículos se estaba desmoronando espectacularmente y el puesto de trabajo de muchos estaba en entredicho. Sabias palabras y ejemplar actitud, si señor.

En estos momentos tan delicados los ciudadanos nos volvemos más sensibles ante las barbaridades que cometen algunos, los políticos sin ir más lejos. No falta en la prensa titulares en los que se da cuenta de alguna presunta fechoría cometida por parte de nuestros representantes, elegidos por tí y por mí para que defiendan el interés general, el tuyo y el mío. En estas situaciones la reacción de la mayor parte de nosotros deambula desesperadamente entre la indignación y la resignación, ponemos a prueba nuestra capacidad de maldecir al tiempo que aparece en nosotros la ya conocida sensación de ridículo que aborda a los que todavía creemos en una naturaleza humana al servicio de una sociedad que se sostiene, más mal que bien, con alfileres.

Otros, los menos, además de sufrir esos minutos de furia son capaces de ir más allá y echándole tres pares de narices se convierten en insumisos dejando de pagar impuestos y autoeximiéndose de cumplir con los compromisos adquiridos con las entidades bancarias. Al margen de que esta historia sea verdadera o falsa, es interesante la reacción de los lectores. Y la posición no puede ser más clara: ya tenemos bastante con la existencia de políticos y banqueros indeseables como para que ahora cada uno se tome la justicia por su mano y decida dejar de realizar su contribución a este maltrecho estado del bienestar, que al fin y la cabo somos todos.

Estoy viendo un programa de televisión en el que una mujer joven sufre una crisis nerviosa porque los promotores inmobiliarios a los que les había entregado todos sus ahorros se han gastado su dinero a saber en qué y no lo han utilizado para construir su casa, tal y como habían acordado en un contrato. “Dame mi casa” le repite al presunto ladrón un millón de veces, hasta que se le corta la respiración y rompe a llorar. Son momentos muy duros pero a final de mes, de su nómina, le descontarán el impuesto. Cada treinta días esta mujer piensa, que a pesar de la injusticia que se está cometiendo con ella y su familia, disfrutar de servicios como la educación, la sanidad, la red de carreteras, los servicios sociales, etc, tiene un precio, el precio de la convivencia y del bienestar que nos han prometido los salvajes.

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