En cinco años, adiós al teléfono móvil

Los teléfonos móviles pueden desaparecer en cinco años. La Conselleria de Educación de la Generalitat Valenciana ha tenido la feliz idea de enviarle a todos los padres y madres del alumnado de Eduación Primaria las calificaciones -las notas, para entendernos- de sus hijos e hijas a través de mensajes ¿cortos? al teléfono móvil. Además, si las multinacionales filandesas, japonesas, norteamericanas o coreanas no lo impiden, el mandarín del gobierno valenciano, que ha prometido la enseñanza del chino en las aulas, amenza con extender el sistema a la ESO. Dado que el fracaso escolar está ampliamente instalado en las familias españolas, y las valencianas en particular, con visos de quedarse por mucho tiempo, los protagonistas del desaguisado, es decir, los jovencitos, en lugar de aprenderse la tabla del nueve, se van a devanar los sesos urdiendo un plan para evitar que el maldito SMS llegue al terminal de sus padres y madres. Dos posibilidades: atentar contra las antenas de teléfonía móvil o hacer desaparecer los dichosos aparatitos. Venga, que va de coña, sólo he querido ser irónico. A todos los niños y niñas que van al colegio: la mejor forma de combatir a este nuevo enemigo es estudiar mucho. Esta es mi recomendación.

Pero los que no tengan muchas ganas de trabajar, si lo prefieren, pueden unirse en un colectivo con un acrónimo imponente, escribir un manifiesto y leerselo al conseller de turno en su casa. El panfleto podría titularse algo así como “el cateo es postcultura, la calabaza es empleo“. El texto podría referirse a la necesidad de hacer lo que sea necesario para preservar el fracaso escolar, que al fin y al cabo es un derecho. Qué va a ser de los jueces que sancionan las situaciones de quebranto de la autoridad del maestro; qué va a pasar con los filosofos y sociologos que ponen el grito en el cielo ante la pérdida de valores de los jóvenes; qué ocurrirá con los colegios privados que dejarán de recibir dinero del estado porque son la alternativa a la enseñanza pública, el camino católico más directo al éxito; qué futuro tienen los jóvenes universitarios que se sacan unas pelillas dando clases particulares a los cateadores con talento; qué será de los periódicos que nutren sus páginas de sucesos macabros para complementar sus opiniones tendenciosas sobre el decadente estado de la sociedad de la que los escolares son un producto; y qué me decis de los tertulianos y debatientes profesionales de los medios de comunicación que perderían un filón con este tema; y el colmo, qué sucederá con los reality shows de la TV en los que se trata de meter en vereda a los estudiantes descarriados a base de candela mercadotécnica y pseudo-rancia. La propuesta de los estudiantes sería la siguiente: subir el precio del SMS para disuadir a la administración autonómica de su uso. O que la operadora de telefonía, cada vez que detectara un envio desde la Conselleria, neutralizara la misiva electrónica.

Y es que de aquí a cinco años, todos calvos. Es la amenaza de titulares grandilocuentes y de quienes utilizan las palabras para presionar a un gobierno que se mueve al son de todos los lobbys de este país, que en estos tiempos de vacas flacas son más visibles que nunca.

La semana pasada, sin ir más lejos, se produjo una manifestación de los músicos profesionales de este país, esos que se pagan el sexo, la droga y el rock’n’roll con el dinero de los fanáticos. Dicen: “en cinco años esto desaparece. No habrá ni música ni canciones”. Parece el título de una canción que bien podría haber firmado cantautores setenteros como Patxi Andión, L.E. Aute, Raimón o Lluis Llach, sólo que ahora no existe un dictador pero si un Mercedes, un BMW, un Audi o un Jaguar que conservar. Aprovecho la ocasión para mencionar un proyecto de difusión a través de las ondas digitales de música libre, sin costes ni problemas, ni besugos. Música, al fin y al cabo, que te puede gustar o no, igual que la que hacen los que firmaron el manifiesto contra los piratas de internet.

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