Todos en el mismo barco: una historia triste pero que vende

A pesar de que hoy en día se asegura que las izquierdas y las derechas han desaparecido, asistimos a un fenómeno social preocupante, la miseribilización de las condiciones de vida de gran parte de la población, de un número considerable de los habitantes de los países de la Unión Europea. La promesa de un Estado con su propio sueño, el de alcanzar el mayor bienestar posible para todos sus ciudadanos, se tornó en un camelo mediático de proporciones colosales que destapó la verdad: una constitución que no era otra cosa que un cheque en blanco en beneficio de las élites.

Ahora, sumidos en un proceso en el que el dinero no fluye con tanta facilidad como hace siete u ocho años, siguen las farsas, los cuentos chinos y reina la ingenieria social. El fascismo, el nacionalismo y el liberalismo, los tres “ismos” que nos llevan al ochenta por ciento de la población por el camino de la amargura afirman que todos estamos en el mismo barco.

Las empresas se generan para ganar dinero, esa es la primera premisa, nunca para crear empleo. El leit motiv es, por tanto, obtener la mayor ganancia posible, nunca gastar más contratando a personas. Las personas son necesarias para obtener ganancias.

Ni siquiera todos los empresarios están en el mismo barco. Como tampoco todos los trabajadores. El racismo y el sexismo, estratifican a la fuerza de trabajo para obtener más ganancias y aunque Pymes y multinacionales se favorecen de ello, su poder es incomparable, too big to be same.

La situación en Europa, sobre todo en el Sur, es peligrosa, estamos al borde de la ruptura del pacto. Ese acuerdo entre el capital y la fuerza de trabajo en el que los segundos se portaban bien siempre y cuando el primero cediera una pequeña parte de sus beneficios para elevar el bienestar de sus vidas, es decir, disponer de la posibilidad de tener atención médica, una educación con un mínimo de calidad y derecho a descansar cuando nuestro cuerpo no dé para más.

Pero los que tienen el capital quieren romper la baraja porque el modelo de acumulación está agotado, las limitaciones que definían el anterior sistema de producción han cambiado: cualquier persona puede generar su propia energía, la esperanza de vida se ha disparado, las nuevas tecnologías permiten procesos de trabajo lo suficientemente inteligentes como para prescindir de las personas y la competencia ha crecido pero las tasas de ganancia pueden no hacerlo en el futuro. Y, para colomo, los trabajadores y trabajadoras han vuelto a ser críticos con el sistema. En este momento vivimos un cuento, una historia bonita y triste pero que vende.

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