Incivilización (y II)

La teoría civilizatoria está sujeta a importantes críticas y con toda la razón. Falla, y mucho, a la hora de explicar porqué asistimos a un incremento de la violencia doméstica en las sociedades occidentales durante los últimos años. Un ejemplo que viene al caso: un estudio de la Universidad de Londres advierte que durante el mundial de fútbol que se juega en Sudáfrica las mujeres británicas víctimas de violencia machista incrementan el riesgo de sufrir nuevos maltratos durante los encuentros que disputa la selección inglesa, tal y como se constató durante el mismo torneo disputado hace cuatro años.

Lo cierto es que somos violentos pero también rechazamos muchas conductas agresivas con más determinación y firmeza que hace cuarenta años. Pero eso entra dentro del ámbito de la violencia física y psicológica. Con la de tipo estructural, fuertemente interconectada con las mencionadas anteriormente, ocurre algo parecido. El proceso civilizatorio, bajo este prisma, también se encuentra en una fase de estancamiento, o de involución. Una buena muestra de ello sería el conflicto judeo-palestino, escenario de la violencia con mayúsculas en la sociedad occidental, la de verdad, la que conocimos muchos por los libros de historia.

Sin embargo, en Toronto todo ha sido más civilizado. Las élites políticas mundiales (G-20) no han tenido muchos problemas para seguir con sus planes a pesar de los miles de manifestantes contrarios a…. díficil saberlo. Según el enviado especial de El País, las peticiones son tantas y tan variadas que es complicado transmitir un mensaje claro. El corresponsal de El Mundo, dice que entre diez mil manifestantes, la policía sólo tuvo que detener a dos. Aunque resulta que luego fueron treinta y dos, más que nada para que pareciera que las fuerzas del orden y los rebeldes se habían ganado el sueldo. Ya no son lo que eran.

Isaac Asimov hablaba en sus relatos de una sociedad global dirigida por un gobierno mundial en el que las máquinas liberan al ser humano de las miserias, ese podría ser el sentido de la marcha civilizatoria. George Orwell, sin embargo, mantiene en su 1984 que la violencia será el pan nuestro de cada día en el futuro, donde las máquinas son la principal herramienta para el control que ejercen las élites sobre un mundo burocratizado y miserabilizado con tres centros de decisión en aparente conflicto.

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