A mal tiempo, buena cara

Echarle la culpa al tiempo es como echarle en cara al árbitro la derrota de nuestro equipo de fútbol. Cuando las cosas no nos salen como queremos, algo o alguien tiene que pagar por ello. Y si los culpabilizados no tienen oportunidad de defenderse, más adecuados al puesto son. Los popularmente reconocidos como jueces de la contienda tienen prohibido replicar cualquier tipo de carga que se les adjudique; la climatología, sencillamente, no tiene boca.

El presidente de la asociación nacional de heladeros está descontento con la pasada primavera porque nos ha traído un mes de junio más frío de lo acostumbrado, según su sensibilidad con respecto a las circunstancias climatológicas que, por lo que parece, no está en su cuerpo sino en su bolsillo. El heladero tampoco está contento cuando llega el calor sofocante, en este caso le echa la culpa a los aparatos de aire acodicionado: según él, la gente prefiere quedarse en su casa a la fresca en vez de salir a las terrazas veraniegas para consumir.

El caso es distraer la atención sobre el hecho central que debe explicar mejor el bajón en las ventas -o facturación, no queda claro por parte del que firma el artículo- de helados ya que a lo que el heladero llama un producto barato es posible que no lo sea tanto. Sin ir más lejos: el domingo pasado me cobraron poco más de tres euros -500 pesetas, que se dice pronto- por tomarme un café granizado culminado con una bola de helado sabor a nata. Eso en pleno Paseo de La Explanada.

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