Los toros y la globalización (y II)

Las corporaciones se mueven por todo el mundo con total libertad en busca de las condiciones más ventajosas para producir gracias a esa especie de Esperanto que es el dinero y controlan, en estrecha colaboración con los Estados, el precio de la mano de obra. En cambio, los trabajadores que se mueven son vistos con recelo y están anclados a su tierra natal por la lengua vernácula, sus rasgos fenotípicos y los obstáculos que imponen los Estados a los que desean llegar. En Italia, por ejemplo, Berlusconi ha logrado reducir con una ley xenófoba la inmigración en un 88% durante su primer año de vigencia. O como en Valencia, donde a los extranjeros sin papeles se les retiene hasta devolverlos a sus países de origen en un recinto en el que las leyes quedan en suspenso, con semejante trato ¿quién querría volver?

Las organizaciones multinacionales tienen el control mundial de la economía y mueven el capital a su antojo. En cambio, los trabajadores están segmentados por ciudadanías, etnias, sexo, edad, lenguas, estratos socioeconómicos, costumbres, etc, y es inviable hacer realidad el dicho la unión hace la fuerza. La crisis económica, la especulación, la explotación, que es mundial, se han utilizado para reafirmar el papel del Estado y los partidos políticos que supuestamente promueven y defienden los pocos derechos de los que gozan los trabajadores, también están limitados por el sesgo estatal. Pero también están los que viven del estado como ideología, para ellos denominado nación. La cuestión estriba en entender dicho matiz y el papel que juega en el sistema.

La ideología nacionalista refuerza la legitimidad de los estados, incluso los promociona —absorbiendo a otros o queriendo crear cada vez más unidades— y termina por poner más trabas, separaciones y obstáculos a los débiles para luchar por sus derechos o conseguir mayores cotas de poder. Ser nacionalista y de izquierdas, por tanto, no parece una sociedad natural aunque en ocasiones los profesionales de la progresía lo utilicen como pretexto para desembarazarse de una derecha opresora, como dirían los seguidores de la teoría de clubes.

Precisamente, el nacionalismo —sobre todo el de derechas— ha tenido especial protagonismo en la abolición de las corridas de toros en Catalunya. Buena excusa para que españolistas y catalanistas marquen su territorio de cara a las próximas elecciones. Y de paso definir una nueva característica de la ciudadanía catalana que queramos o no, crea una manera determinada de percibir el entorno y a si mismos, perfila nuevas identidades y tipos de acción política.

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