La fuerza centrífuga

Un sociólogo, Eduardo Bericat, publicó en la Revista Española de Investigaciones Sociológicas (REIS) un artículo en el que exponía una curiosa teoría de las sociedades. En dicha aportación el científico ponía de manifiesto el carácter central de los valores y las ideas en la gestión del cambio en las poblaciones. Bericat las dividía en sociedades centrípetas y sociedades centrífugas, en ambos casos está en juego el modo en el que los integrantes de una sociedad legitiman la realidad de su vida, con las instituciones en que se ordena la misma incluidas.

Las sociedades centrípetas serían aquellas en las que los valores centrales compartidos por una población determinada ejercen tal influencia sobre la vida de sus integrantes que es capaz, por si mismos, de crear cohesión. Estamos hablando de la fe en el progreso, la razón, el bienestar, la democracia, la justicia, la igualdad, etc. En cambio, las sociedades centrífugas basan la cohesión de sus integrantes en otro tipo de valores, aquellos que se encuentran en el umbral que nos separa de lo que consideramos antisocial. En este caso nos referimos al crimen, al terrorismo, a la injusticia, a la corrupción, a lo más deleznable y vergonzoso que podamos pensar y que calificamos de horroroso, incríble o, sencillamente, marginal. La fuerza que cohesiona a la población es, precisamente, luchar contra lo pernicioso para la vida maravillosa que nos habían prometido.

No cabe duda que en la España actual existe una crisis de legitimidad importante —como el sociologo José María Tortosa apuntó aquí—, basada en el descredito de las instituciones más importantes. Los políticos, la Justicia, los bancos, entre otros muchos, son el blanco de las iras y desprecios de la población. Y faltaba la crisis económica para agudizar esta percepción.

En mayo tenemos elecciones municipales y autonómicas, levantarnos todos los días a las siete de la mañana, quien tenga la oportunidad de ganarse el sueldo con el sudor de su frente, y dar por buena la que está cayendo debe tener sus consecuencias en la convocatoria. La primera es oponerse frontalmente a aquello que nos produce horror: la corrupción, la ineficiacia de los políticos, el recorte de derechos de la clase trabajadora, etc. La segunda es la acción con respuestas más o menos organizadas para luchar contra lo pernicioso, aquello que nos impide vivir en armonia y tranquilidad. Aquí entran en juego numerosos movimientos sociales, el último en hacer acto de aparición es el denominado #nolesvotes, con el que se intenta castigar a los partidos y sus candidatos que actualmente magonean la política nacional— y responsables de la aprobación de la donostada Ley Sinde— de cara a las elecciones autonómicas y locales que vienen. Su objetivo: que antes de votar, nos informemos que existen otras alternativas.

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