socioIndulgencia

Desconozco si en otras partes del mundo es así, pero siempre tenemos una excusa para regodearnos en el arte de la comprensión de las faltas ajenas. Ayer hablaba con un responsable de la policía de una pequeña localidad y comentábamos un incidente, un simple hurto en un supermercado protagonizado por un inmigrante, que rápidamente justificó: estas cosas tienen que pasar, la gente tiene hambre. También escuché antes de ayer en la radio como un tertuliano se mostraba comprensivo con la pasividad occidental ante la trayectoria histórica del genocida de Gadafi, “es normal, dependemos de su petróleo”, sus compañeros de conversación le apoyaron. La acusación de corrupción que pende sobre el President Camps tampoco se ha escapado a esta tendencia generalizada, “cómo pueden sentar en un banquillo a todo un Molt Honorable por unos trajes”. Y así podríamos seguir por los tiempos de los tiempos elaborando una lista que no tendría fin.

Ser indulgente tiene sus ventajas: reducimos el conflicto, nos mantiene moderados y reprimimos emociones como la ira, todo lo que supondría romper un pacto social. Pero también tiene sus inconvenientes. Lejos de reparar el vínculo quebrantado, redefinimos sus límites continuamente. Legitimar los efectos de la pobreza, el instinto asesino de un gobernante, la conducta inmoral de nuestros representantes políticos, entre otros muchos casos, no es la vía para vivir en un mundo mejor.

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