Lujo, ¡caca!

China es el país más sorprendente de cuantos existen en el planeta. Con una dictadura comunista como régimen político es uno de los principales fabricantes de productos de consumo para el mundo capitalista. Ahora me entero que China es el primer mercado mundial del lujo, según dice un diario generalista.

Que el gigante rojo es una dictadura no lo pone nadie en duda. Que sea comunista es otro cantar. Y es que los mandarines chinos manejan la mercadotecnia como ninguno otro. Las autoridades de Beijing han decidido establecer limitaciones en la publicidad de los artículos de lujo para hacerlos menos deseables para el vulgo y no ponga en peligro la armonía social, dicen. Según el diario, la importanción de este tipo de productos, al parecer muy demandado por la élite económica del régimen, produce ataques de envidia a las clases medias que quieren lucir relojes caros y coches deportivos a pesar de su incapacidad económica.

Pero la iniciativa, me temo, tendrá resultados infructuosos ya que el proceso de capitalismización de la población china no tiene marcha atrás. Es como intentar ponerle puertas al campo, y si me apuraís, también ventanas y un cercado. Un periódico ha publicado una encuesta sobre el apego que le tiene la población de determinados países al capitalismo. Los resultados no dejan lugar a la duda: en China adoran consumir, el 67% de los encuestados creen que el capitalismo es el mejor sistema que conocen. Los primeros en el ranking son los alemanes (con un 68% de defensores del sistema) y el paraíso del capitalismo, Estados Unidos, tienen a sus creyentes en horas bajas ya que con un pobre 59% de suporters se encuentra en la mitad de la tabla clasificatoria. España, según la encuesta, tiene un 52% de adeptos.

Otro estudio también apoya esta tesis. En el año 2025, según una extrapolación ralizada por el Mckinsey Global Institute, cien ciudades chinas se contarán entre las primeras seiscientas del planeta en cuanto a creación de riqueza se refiere. Ciudades como Haerbin o Shantou estarán a la par que Los Angeles o Londres en capacidad económica.

De momento, los mandarines chinos, con tal de que la cosa no se les desmadre demasiado, han prohibido nombrar en los anuncios palabras como lujo, supremo o royal. Ojos que no ven, corazón que no siente, deben pensar. Mi pregunta es: si uno de los males de la publicidad es que produce hedonismo en los consumidores, ¿cómo se cura eso?

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