Palmaditas en la espalda y otras recompensas

Decía Talcott Parsons, sociólogo él, en su sistémica teoría del equilibrio social, que las personas tienen un buen motivo para seguir las normas: obtener recompensas y eludir sanciones. Eso es algo que aprendemos desde bien pequeñitos. Ahora no voy a hablar de normas aunque sí de recompensas.

Hace unos meses me entrevisté con un joven estudiante de un instituto de la provincia de Alicante que en aquel momento iba a participar en un concurso con alumnos y alumnas de formación profesional de todo el mundo. Iba a ser el único representante de este reino —en su especialidad— y competiría contra chavales como él.

A pesar de ser bueno en lo que hacía —sus profesores lo describen como un chico con talento— su objetivo era ser funcionario dentro de un cuerpo de los servicios de emergencia, estaba realmente convencido de ello y volcaría todos sus esfuerzos en conseguirlo una vez terminase el curso. A pesar de que la administración autonómica había empleado mucho dinero en él a través de formación reglada y no reglada, por encima de los halagos, alabanzas y reconocimientos recibidos y en contra de las recomendaciones de sus profesores, el muchacho quiere ser funcionario. No hay problema, es una opción como cualquier otra.

Nuestro estudiante no hizo mala competiciónm más bien todo lo contrario. Completó su proyecto con éxito pero…. pero. Allí estuvo “batiéndose el cobre” con chavales (de países asiáticos) que tenían a su disposición más y mejores medios técnicos y, para colmo, con recompensas aguardándole en su casa, en caso de victoria, como un coche o una casa.

Las palmaditas en la espalda, las buenas palabras, los diplomas y medallas de vencedor en concursos autonómicos y nacionales o el pronóstico de un futuro prometedor en una profesión no pueden competir con entrenamientos remunerados, ni herramientas sofisticadas, ni viviendas, ni coches. Ni tampoco con un trabajo seguro para toda la vida, ni con un sueldo generoso en comparación con los que se estilan en la empresa privada, ni con los días moscosos, ni con los puentes, ni con otras muchas cosas.

Las épocas de vacas gordas deberían servir para construir un sistema educativo con gratificaciones de verdad al alumnado. En España, en la década pasada los jóvenes obtenían sus recompensas amontonando un ladrillo encima del otro. Lo que es inadmisible es que en la fase de vacas flacas, la sanciones las paguemos todos y todas, como si hubiésemos hecho algo malo.

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