Sobre los innecesarios clichés sociales

Leo en un artículo publicado hoy en el diario El País que España posee el mayor porcentaje de trabajadores sobrecualificados de la Union Europea. Este hecho me suscita dos cuestiones. La primera es la definición de este concepto o fenómeno: Dícese de aquella persona que ocupa un puesto de trabajo que requiere una cualificación laboral menor que la que posee. Dos: habla de ello como un problema.
Efectivamente, el marcado de trabajo en este país tiene lo suyo. Pero esta cuestión no puede reducirse a una situación en la que la persona que toma la decisión de formarse de la manera que considere más conveniente, está comprometiendo el futuro de la economía nacional. Desde luego, si uno quiere estudiar Humanidades, por qué no va a poder hacerlo y, además, con las mismas oportunidades que lo hizo uno que eligió una ingeniería. ¿Nos van a decir ahora que las facultades de Filosofía y Letras del Estado están llenas de saboteadores y traidores a la patria?
Ojo, que el problema va a ir a más, prosigue el articulista: con el paro a muchos les está dando por seguir estudiando.
La cosa no acaba aquí. Uno se va más abajo, a leer los comentarios de los lectores y lectoras, y la cosa no está mejor. El terreno de las palabras parece un campo de guerra entre dos ideologismos que no nos están haciendo ningún bien: un bando le echa las culpas a los empresarios diciendo que no son justos al remunerar a sus trabajadores. El otro dice que el Estado malgasta el dinero de todos y todas en formación que no sirve para nada. En fin, sin comentarios.
Me gustó un artículo de Juan Torres en el que hablaba de la necesidad de cambiar los códigos de la izquierda ideológica. También me parece oportuno que el pensamiento de derechas deje de lado mitos como el del trickle down, o que los empresarios son los que crean en exclusiva la riqueza de un país. Ser propietario de los medios de produccion no debe dar derecho a ser dueño de todo, el fenómeno del cooperativismo lo demuestra. Sí que hacen falta, y muchos, emprendedores y emprendedoras sociales que generen riqueza. Y para eso son tan buenos los filólogos como los matemáticos o los técnicos superiores de ciclos formativos.

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