Un año de #15-M

Después de un año el movimiento de los indignados ha dado para mucho a pesar de que los poderosos medios de comunicación no le han hecho mucho caso, como critican algunos. Otros dirían que están encantados: lo importante es que hablen de uno, aunque sea mal.

De todo lo que publicaron ayer los medios, que ha sido bastante y de todo los colores, me ha llamado la atención el análisis de unos cuantos sociólogos que apareció en el liberal de Pedro Jota. La opinión de los expertos da para mucho pero me quedo con una afirmación de Antonio Alaminos, uno de mis profesores en la época más bonita de la vida (la del universitario en los tiempos de Felipe): que el movimiento #15-M ha servido para unir a la ciudadanía con un pegamento muy especial: el malestar.

Otro sociólogo, al que no he tenido la ocasión de conocer, Bericat Alastuey, ya lo decía en una ocasión: que en los tiempos actuales, sin ninguna idea fuerza que guíe a los elementos de una sociedad, el miedo a muchas cosas les mantenían cohesionados.

Desde luego, del #15-M no va a salir ninguna idea maravillosa que nos ponga a todos de acuerdo salvo en las fechorías cometidas por los que tienen toda la legitimidad formal del mundo pero ninguna de tipo moral.

Me quedo, igualmente, con una entrevista a Ricardo Gallir, también publicada por Pedro Jota news, en la que habla de la existencia de sociedades paralelas para describir la falta de contacto entre los poderosos medios de comunicación y la expresión de descontento de la poblacion.

No creo que el #15-M esté de capa caída ni haya perdido la vitola de movimiento bisagra de distintos pareceres como indican tendenciosasmente algunos medios de comunicación. Sí que creo que muchos se lo tomaron como una moda y que pronto se dedicarán a pensar en el futuro. Ahora son lo que son, ni lo uno ni lo otro.

Y llegará ese momento en el que les importará menos los procedimientos que los objetivos, sin que los segundos sean los que determinan a los primeros, y se dediquen a pensar en los conceptos que marcarán, de aquí a final de siglo, la suerte de este viejo continente: el emprendimiento social, el reparto del trabajo, un nuevo incremento de la esperanza de vida y el sistema de cobertura en el último tramo de nuestra existencia; la descentralización de la generación de la energía y la sostenibilidad del entorno; la organización y gestión de la investigación, la enseñanza y la sanidad; y la transformación del estado-nación. Y la deuda, claro.

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