El ‘sabio’ Monopoly

monopoly-bankiaPermítame el lector o lectora que le haga una recomendación en cuestión de regalos y presentes a realizar estas Navidades, sobre todo si el obsequiado es alumno o alumna de bachiller del instituto San Mateo de Madrid: un buen Monopoly. Da igual la versión… Madrid, NY, Río de Janeiro, Seúl, inspirado en la liga de balompié o en las caricaturas de Bob Esponja, no tiene importancia, la lógica es siempre la misma: acumular hasta que todos han sido desplumados menos uno que se ha quedado con la pasta de todos los demás.

Cito al alumnado del centro de secundaria situado en la capital porque su director ha recomendado a las familias que procuren que sus hijos no se enreden en amoríos, redes sociales ni, por supuesto, que participen en manifestaciones. Más que un educador parece un cura de un siglo que no es el nuestro, en los que las máquinas eran consideradas un demonio en lugar de una herramienta y las relaciones personales perniciosas sin considerar antes la naturaleza de las mismas.

Pues sí. El Monopoly lo tiene todo para ser el regalo perfecto para estos chicos y chicas atendiendo a las consignas del ‘dire’: es un juego respetable, se juega dentro de casa, no es necesario teléfonos inteligentes, tabletas ni ordenadores para participar en él y, desde luego, es incapaz de alterar las hormonas sexuales de ninguno de los jugadores. Para colmo, una partida al Monopoly puede resultar una lección muy edificante.

En el Monopoly, como en todo juego, el objetivo de cada jugador es ganar a base de comprar —concepto mucho más importante que vender— terrenos, empresas y edificaciones. Además, existen normas que deben acatar los participantes y son las mismas para todos. Se supone que el azar, la capacidad de asumir algún riesgo que otro y el sentido común de los jugadores son las variables que conducen el devenir de la partida en un sentido determinado.

Está claro que ante el tablero siempre existe la posibilidad de que nos encontremos con competidores díscolos con la normativa —tramposos los hay hasta en las mejores familias—, o con aquellos a los que el jueguecito les produce un tedio insoportable al tener que estar un par de horas viendo como los astros le son desfavorables, a los que en realidad les importa un pito pasar una reunión familiar intentando amasar una fortuna de mentirijillas; o, peor, indignado al ver como alguno mete la mano en la caja, la banca, con el ‘espabilado’ de turno creyendo que nadie se da cuenta. Como estamos en familia, o con los amigos, y nos conocemos todos, la cosa no suele pasar a mayores y todo se resuelve finiquitando la partida. Aquí paz y después gloria.

Pero la lección todavía no ha empezado y no va de economía, va sobre el poder. Explicar ciertas ideas con un tablero de Monopoly delante podría facilitar algunas cosas, una de ellas contar qué es lo que está pasando ahora en este país. Para empezar, teóricamente, en el inicio del juego todos los participantes tienen las mismas oportunidades de lograr que sus oponentes caigan en banca rota: reciben idéntica cantidad de dinero con el que adquirir propiedades y un dado para avanzar por las casillas del tablero que comparten todos los jugadores. Todo se fundamenta en un principio básico: la confianza en que las normas que preservan la igualdad de oportunidades regirán hasta el último movimiento.

Ahora, ¿qué pasaría si vemos que alguien mete la mano en la caja de manera ocasional o sistemática? cabreo generalizado y posiblemente que alguno dejaría de jugar, si no todos. ¿Y si alguno de los participantes se pusiera de acuerdo con otro para cederle gratuitamente alguna de sus propiedades? que el resto pensaría que aquí pasa algo raro y dejarían de jugar. ¿O si la banca se saltase las normas y repartiera dinero a los jugadores sin tener en cuenta que pone en peligro la partida? los jugadores que tienen ganas de jugar se opondrían y evitarían que eso sucediese bajo la advertencia de abandonar la partida; ¿y si dos jugadores, el que más propiedades ha concentrado en un momento determinado de la partida y el que hace de banca, se pusieran de acuerdo para cambiar las normas sobre la marcha con el fin de incrementar sus beneficios? pues que el resto de jugadores les tirarían a la cara el tablero con las casitas, hoteles y dados, les preguntarían si les han tomado por tontos y dejarían de jugar.

Y ya puestos: ¿y si la banca, a pesar de haber tomado decisiones inviables para su sostenibilidad, con el apoyo del ‘espabilado’ de turno, que convencieron al resto de permanecer en la partida asegurándoles que no existía ningún riesgo para el futuro de la misma, les pide que para solventar su banca rota cada vez que pasen por la casilla de salida no cobren los euros que marcan las normas, que el valor de las sanciones se multiplican por cien con respecto a lo establecido y aceptado por todos al inicio de la partida para tapar los agujeros, al tiempo que ves que debajo del tablero el banquero guarda disimuladamente un buen fajo de billetes grandes? ¿Y si el ‘espabilado’, ya en un desatado plan reformador, que es dueño de la compañía de la electricidad, del agua, de las estaciones de ferrocarril, se queda con el aparcamiento público porque la banca se lo ha regalado y lo hace privado, y nos multiplica el valor de uso de esas infraestructuras por lo que él quiera? ¿qué haríamos?

Creo que nadie tiene la suficiente desvergüenza para proponer algo así cara a cara. Seguramente las amistades y cariños se perderían y lo que fue una reunión familiar, o de amigos, se convirtió en una velada muy desagradable. En todas estas situaciones del juego tenemos la libertad de levantarnos y marcharnos, que los ‘espabilados’ se queden con sus dados, su tablero, sus billetes de Monopoly, sus propiedades, sus hoteles, … diríamos. Pero ¿y si no pudiésemos abandonar la partida? ¿y si nos obligasen a jugar en estas condiciones? ¿qué nombre tendría eso? Esto se llamaría España, Catalunya, Andalucía, Castilla La Mancha, Madrid, Euskadi, Portugal, Irlanda, Grecia, Alemania, Francia, Reino Unido, Alicante, California, Buenos Aires, Callosa del Segura, etc.

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5 pensamientos en “El ‘sabio’ Monopoly

  1. Pingback: El ‘sabio’ Monopoly

  2. Siempre me ha gustado el juego del Monopoly; me encanta, entre otras cosas, que una partida pudiera durar horas y horas cuando todos los jugadores tienen dos dedos de frente —o tienen tantas ganas de jugar como yo misma. Y recuerdo esas ocasiones en que mi padre, abusando de su posición en la jerarquía de nuestro hogar obligaba a uno mis hermanos o a mi madre a vender o a crear alianzas perjudiciales para el resto de nosotros… Excelente post. Me ha resultado didáctico cuando menos, aunque el saber que esos contra los que jugamos, al final, resultan ser simples tramposos, pueda escocer un poco. No sé, uno siempre espera que haya un motivo más importante detrás de tanto malestar que las ganas de fastidiar o la triste codicia.
    Saludos,
    Marta A.

    • Gracias por el comentario. Vayamos por partes. Saber por qué algunas personas hacen trampas en los juegos es complicado, cada uno tendrá sus razones: la necesidad de ser el mejor o el ganador a toda costa; sentir placer al ver perder a alguno de sus contrincantes; apoyar a un jugador en una situación de debilidad; o evitar el tedio que le produce al tramposo seguir unas normas que limitan su libertad de acción, podría ser alguno de los motivos, quién sabe. Sea cuál fuere el motivo, ninguno habla en favor del tramposo que, al fin y al cabo, rompe con una normas establecidas que, supuestamente, guardan el principio de igualdad de oportunidades para conseguir el objetivo: la victoria. De hecho, un sociólogo alemán, Norbert Elias, ponía al juego como ejemplo de la tendencia racionalizadora que se observa en la historia de la humanidad. Elias lo llamaba proceso civilizatorio y otros sociólogos seguidores de esta teoría han hablado del deporte (no la actividad física) como sustituto de la lucha o la guerra, dependiendo de la escala en la que situemos el conflicto. El juego permitiría canalizar racionalmente los impulsos violentos reprimiéndolos mediante normas.
      Por otro lado, ¿es deseable que las personas le tengan tanto respeto a las normas que seamos incapaces de cuestionarlas y romperlas? La hipersocialización en los individuos que forman parte de una sociedad, efectivamente, favorece la convivencia pero ésta puede desenvolverse sobre la base de normas que no favorecen el interés general, situación en la que vivimos actualmente. En alguna ocasión habrás escuchado que tiempos pasados fueron mejores, algunas personas añoran esa vecindad dócil pero insana como la que vivieron nuestros padres durante la dictadura. Manifestarnos todos los días tampoco es deseable, la situación de conflictividad y malestar constante tampoco nos conduce por el mejor camino para todos.
      En los últimos tiempos escuchamos con asiduidad conceptos como ‘inteligencia emocional’ o ‘empatía’ que definen el devenir de muchas relaciones personales. En mi opinión también sería oportuno hablar de ‘inteligencia social’ o del ‘bien común’ y fomentarla en las personas, que sean capaces de poner en duda las normas que pueden socavar el interés general, plantearlas con rigor y realizar propuestas serias para favorecer a la colectividad. Esas personas existen, claro que sí, pero, desde luego, no están en primera línea de la escena política en España, Alemania, Francia, Portugal, Alicante, Vilanova i la Geltrú, Nueva York o California.

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