La ideología del siglo XXI

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Siempre me ha parecido curiosa esa actitud derrotista y negativa que hay en muchas personas cuando valoran lo que tienen a su alrededor o lo que está por venir. Cuidado, que ser pesimista es otra cosa aunque en ocasiones las conclusiones a las que llegan unos y otros pueden coincidir. Augurar un resultado negativo cuando existe una tendencia previa de ese signo es ser pesimista pero el que hace una deducción con dicho resultado lo hace agarrándose a algo que tiene visos de verosimilitud. Ser optimista en una situación así es difícil y cuando se produce pensamos de quien lo es que es poco realista o que quiere tomarnos el pelo.

No estoy hablando de ese caso que estando muy extendido no me parece perjudicial, simplemente uno ofrece su opinión que, al fin y al cabo y como todo en esta vida, es discutible. Por situar mejor lo que quiero contar: me refiero a los prejuicios y a los estereotipos que se vierten continuamente en los medios de comunicación masivos sobre la tecnología, exhibiendo un tinte ideológico que tira para atrás.

Acabo de leer uno que se repite una y otra vez: la tecnología va a dejar en paro a todo los trabajadores. El argumento concreto al que me refiero se produjo el pasado jueves en un debate en el que se hablaba sobre el futuro de las impresoras 3D en el marco del Festival de Tendencias Mulafest que se celebra estos días en la capital del Reino. Uno de los participantes dijo que entre los posibles aspectos negativos que estos dispositivos pueden acarrear es la pérdida de empleos. Si nos ponemos fabricar nosotros mismos las tazas y platos que queremos para qué vamos a ir al Ikea a comprarlos.

Una ideología que se basa en que el común de los mortales siempre tiene la culpa de todo. Pasa con la música, con los enlaces de internet y con la deuda del país. Soy yo, en mi casa, el que se va a cargar el sistema. En este caso, somos los consumidores, según la jerga política al uso y que los medios de comunicación repiten como loros, los antisistema. Parece que una persona se vaya a lanzar a imprimir como loca sin llegar a preguntarse aspectos como el tipo, la cantidad y el coste de la materia prima, la amortización de la impresora o si le satisface en función o aspecto el producto final y le puede ser rentable encargarse de proveerse de este producto.

Segundo, basándonos en el sentido común, serán los que manejan el Ikea los que tomen la decisión de comprar la dichosa impresora para su propio uso, mucho antes de que lo hagan diez consumidores antisistema en todo el mundo. Ergo, serán los de recursos humanos de la multinacional sueca los que echen a la calle a los operarios que fabrican tazas y platos. Eso en lo que hace referencia a la producción.

En cuanto a la parte de las ventas, dependiendo de cómo se lo monten en la fase de producción así les irá en la de distribución. Pueden hacer las cosas bien o rematadamente mal como lo está haciendo la industria del entretenimiento. El Ikea puede reconvertirse y sacarle partido a las impresoras 3D —o tecnología similar, quién sabe lo que vendrá en los próximos años— o pedirle a sus amigos del gobierno de turno que nos clasifiquen como terroristas, nos persigan y nos enjaulen, que es mucho más fácil y barato que invertir en investigación, reducir beneficios y dar explicaciones a los accionistas. Prejuicios y estereotipos que forman la ideología del siglo XXI.

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