¿Smartphone o coche?

Leo en un artículo que la población juvenil prefiere las tabletas y smartphones a los coches. Dice, además, que los símbolos de una generación se definen bajo la premisa de eludir cargas pesadas y que, por tanto, el estatus pasará a medirse de otra forma, ¿los dispositivos inteligentes? No creo. Se trata, sin embargo, del reflejo de dos momentos históricos distintos donde el coche y el computador tienen significados diferentes en nuestra vida cotidiana.

La última Feria Internacional de Electrónica de Consumo (CES) celebrada en Las Vegas (Nevada, EE.UU.), será recordada por un concepto que vamos a escuchar hasta aburrirnos: el internet de las cosas. En pocos años, el slogan ponga un sensor en su vida nos parecerá desfasado, demodé y trasnochado. Electrodomésticos, prendas de vestir, artilugios aplicables a los alimentos o a nuestra liturgia de aseo personal —entre otros muchos aspectos de la vida cotidiana— servirán para captar de forma prácticamente invisible una constelación de datos hasta ahora nunca imaginados sobre nosotros mismos y lo que hacemos. El quantified self —o la cuantificación de uno mismo— de la que habla el profesor de la IE Bussines School, Enrique Dans, es una tendencia en la actualidad que pasará a convertirse en una actividad de lo más normal.

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Para muestra un botón: muchos de los que salimos a correr por las mañanas, tardes o noches llevamos un teléfono que cuenta la distancia que corremos, el desnivel acumulado del territorio, la calorías consumidas, el registro de la frecuencia cardiaca, un mapa con le recorrido realizado, etc. Además, podemos realizar planes de entrenamiento para preparar competiciones o reducir peso, entre otras cosas. Y esto lo hacen smartphones que cuestan 100 euros. Sin hablar de los últimos ingenios: unas lentillas que nos indican el nivel de glucosa en sangre o realizar análisis de sangre sin extracción. De todo se encargan los sensores.

Y esto es posible gracias a las tecnologías de la comunicaciones y la generalización de la conectividad. Según los datos de los que ya disponemos, estar conectados a algo es la generalidad y no lo que parece una obsesión de, relativamente, unos pocos. De hecho, en España la mitad de nosotros ha estado conectado a internet, al menos a través de su smartphone, en el último año, lo que supone 700.000 usuarios de la red más que en 2012. Con cerca de 19 millones de ciudadanos de este país usando internet todos los días, debemos decir que conectarse es mucho más que una moda. Para rematar el escenario, el incremento de la banda ancha movil (para smartphones y tabletas) sigue ganando adeptos en detrimento de la banda ancha fija (que usan ordenadores y portátiles), todos los datos citados de acuerdo con un informe elaborado por la Fundación Telefónica, La sociedad de la información en España 2013.

El coche es un elementspain-car-market-by-segments-2012o que simbolizó durante poco más de medio siglo una forma de vivir, unos valores impuestos por un modelo de acumulación capitalista basado en el consumo generalizado, en el trabajo para toda la vida, el vehículo como elemento de estatus fácilmente identificable y que hacía visible, a su vez, un sistema de estratificación social, el resumen visual del ‘american way of life’, de las aspiraciones de la familia nuclear, de la libertad y del individualismo al alcance de todos. Como prueba de ello, los propios vehículos se clasifican en tamaños, prestaciones y elementos de diseño diferenciadores dividos en segmentos que van desde el ‘A’ —utilitarios urbanos, los más básicos, sencillos y baratos— al ‘F’ que corresponde a la mitificada gama alta.

Las cifras que cita el artículo con el que he comenzado esta entrada son significativas. El número de conductores jóvenes disminuye, en Estados Unidos también. En cambio, aumentan los que usan transportes colectivos. ¿La crisis? Seguro, y también las pocas ganas de sufrir la carga económica de cuotas bancarias y reparaciones que esperan a la vuelta de la esquina. La individualidad seguirá siendo un valor, basada en la acentuación de la racionalidad, el quantified self es una prueba de ello. Otro valor indiscutible como la libertad adquiere nuevos matices como la autonomía, la seguridad y la privacidad.

El coche no va a morir, seguirá siendo una herramienta importante. Simplemente, pierde centralidad como elemento definidor del status. El espacio y el tiempo se separán gracias a las nuevas tecnologías, como dijo Giddens en Vivir en una sociedad post-tradicional. El coche ya no es esencial puesto que ya no es imprescindible estar en ningún sitio concreto para hacerlo todo. La globalización es la consecuencia, como también dijo el sociologo británico, de los cambios en el capitalismo y la sociedad.

De esta forma, de un sistema estratificado, con el coche como exponente principal, estamos pasando a otro en el que la red se hace visible y toma relevancia, el smartphone puede ser un buen representante de esta nueva etapa. Pasamos de una estructura vertical, estática y ordenada a otra de tipo horizontal y dinámica que no sólo conecta a personas, también al resto de seres vivos no humanos y al medioambiente. Una red de relaciones —conexiones— desigual y desequilibrada que redefine la perspectiva que tenemos de todo. Debemos redefinir el concepto de poder y sus manifestaciones, y con ellos las ideologías y las propuestas para alcanzar el bienestar de las sociedades. Vuelve a haber mucho trabajo por hacer, hay que construir un nuevo paradigma.

 

 

 

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