La desigualdad en la salud: el imperio Big Pharma

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Parece que la desigualdad económica es tema de actualidad en los medios de comunicación. Prima hermana de la anterior es el desigual acceso a los medicamentos por parte de la población en el mundo. Buena parte de culpa la tiene el modelo en el que se genera y produce el fármaco: investigaciones poco transparentes, normas proteccionistas, trámites burocráticos excesivamente largos para aprobar la comercialización de las medicinas, una industria poderosa sin escrúpulos para utilizar las malas artes, todo ello conforma un monopolio inexpugnable en el que la gran industria farmaceutica, o Big Pharma, decide qué se investiga y para quién. Pero, ¿el enfermo tiene remedio?

En el Foro Económico Mundial, que recientemente ha celebrado su asamblea anual en la localidad suiza de Davos, ha vuelto a surgir el tema de la desigualdad económica entre grupos poblacionales. La conclusión: que los viejos postulados liberales son la vía adecuada para salir de la crisis, según afirma el economista jefe de la consultora IHS,  presente en Davos, Nariman Behravesh:

“No es una contradicción apostar por la liberalización de los mercados de trabajo y denunciar la creciente desigualdad de renta. A corto plazo, quizás sea doloroso, pero a largo plazo generará más crecimiento”

La desigualdad, la salud y el cambio climático fueron los temas protagonistas en dicha reunión que ha sido reconocida por sus participantes con el eslogan “rediseñando el mundo: consecuencias para la política, la sociedad y las empresas”. Entre los participantes hay que destacar la presencia de la élite política y económica del planeta, con intervenciones mediáticas de los países emergentes, siendo una de las más reseñables la que realizó la presidenta brasileña Dilma Roussef quien pidió encarecidamente a los inversores extranjeros que sigan confiando en el país carioca ante el estancamiento de la, hasta hace poco tiempo, emergente economía.

El mismo Behravesh echaba en cara a Roussef que el exceso regulatorio y los impuestos han hecho que “el coste de hacer negocios en Brasil sea muy alto”, dijo. Otra economía de las consideradas emergentes, India, también ha recibido últimamente la reprimenda de la élite económica, en este caso del consejero delegado de una multinacional farmacéutica que no tuvo ningún reparo en admitir su ‘frustración’ ante la sistemática negativa del gobierno indú de saltarse la patente de un medicamento para combatir un tipo de cáncer:

“No creamos este medicamento para los indios, sino para los occidentales que pueden pagarlo”

Así está la cosa. Cinismo, desfachatez y sangre fría para hablar de medicamentos que sirven para tratar enfermedades como el cáncer, el SIDA o la hepatitis. Como si habláramos de una lata de caviar. El desprecio por las personas que sufren la pobreza no puede ser más explícito. Es el imperio del Big Pharma.

Pero no todo el monte es orégano. Existen diferencias dentro de un sector con estrategias diferentes para ganar el dinero a expuertas: unas, las más poderosas, invierten en I+D y se dedican a registrar patentes, y el resto se lucra a base de copiar las moléculas —principios activos— que ya no están protegidas legalmente y que, curiosamente, cada vez son menos. ¿Por qué? Porque solo interesa investigar lo que es rentable.

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Como se puede imaginar el lector patentistas y emuladores son uno competencia del otro. El más poderoso tiene sus mañas para hacer valer sus intereses y ataca con un despliegue de acciones para evitar o retrasar la llegada al mercado de medicamentos genéricos. Las estrategias que utilizan las propietarias de patentes para ello son variadas siendo las más utilizadas las marañas de patentes, la perpetuación de las mismas a través de mecanismos legales, el hostigamiento jurídico, influir en la administración a través de la manipulación de los precios o el reembolso de medicamentos, además de la publicidad desleal.

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La práctica de la medicina y el arte de aliviar el sufrimiento de los seres humanos no es comparable a la fabricación de una bombilla ni al de la prestación de servicios como el de una cafetería. No parece de recibo que medicamentos que pueden dispensarse a personas enfermas en tratamientos que cuestan cincuenta euros al año tangan que ser comprados por dos mil a las propietarias de las patentes. Como se vio en el caso Gleevec (medicamento contra un tipo de cáncer comercializado por una multinacional suiza), aunque la reducción en el precio de este medicamento sea sustancial —de 27.000 dólares a 2.700— su adquisición es inviable para los pobres de solemnidad. Algunas farmaceuticas lavan su imagen dedicándose a la caridad pero no es suficiente. El siguiente documental, Fuego en la sangre, es un magnífico ejemplo de toda esta controversia.

Sudáfrica se ha propuesto seguir la vía india para combatir el problema del acceso a medicamentos para tratar el SIDA, una enfermedad que sufre la población de este país de forma severa. La respuesta de la industria farmaceutica, en forma del lobby IPASA, no se hizo esperar gestando un plan de acción contra la intención del estado sudafricano, que con buen criterio se agarró  a la Declaración de Doha (avalada por la Organización Mundial del Comercio) para promover el acceso de los medicamentos entre los enfermos sin recursos. El informe filtrado por la prensa del país.

La Health Action International (HAI) Europe crítica en un documento que elaboró en el año 2012 (y traducido por la Fundación Salud por Derecho) que la industria farmaceutica persigue unos objetivos distintos de los de aliviar o erradicar el sufrimiento humano:

“Existen sólidas evidencias de que la investigación, el desarrollo y la producción de nuevos medicamentos no suelen estar orientados por las exigencias de salud pública, sino por las demandas del mercado y el beneficio económico de las empresas que desarrollan y comercializan los medicamentos. Muchas voces cualificadas apuntan al fracaso de la innovación médica en la mayoría de sus objetivos puesto que es muy cara, ineficiente y opaca”.

En el informe se explica que la investigación médica está supeditada a la consecución de derechos de propiedad intelectual señalando al actual modelo monopolístico de la patente en el que, supuestamente, el innovador recupera los costes de la I+D a través de precios altos que puede fijar al estar su producto protegido contra los competidores. De la necesidad de la población, dice el documento, se ha pasado al marketing como estrategia para decidir qué nuevos medicamentos producir.

La cuestión es que bastante de esa investigación e innovación privada está financiada con fondos públicos, además de recursos humanos, caso de las personas que participan en los ensayos clínicos, que acceden a estas investigaciones gracias a su relación con el sistema público de sanidad. En la actualidad, según el estudio, son más de dos mil millones de personas en el mundo que carecen de recursos para acceder a medicamentos esenciales, a los que, según el jerifalte de Bayer, no tienen derecho. La solución pasaría, según la HAI, por desvincular los costes de I+D de los precios de los medicamentos. La Organización Mundial de la Salud (OMS), que no quiere meterse en lios, aplazó hace dos años esta cuestión para tratarla durante el año 2016. Ya veremos.

Las propuestas de la HAI se basan en una lógica familiar para cualquier inversor: si yo arriesgo capital, yo me llevo las plusvalías. En el caso que nos ocupa, si un estado o la Unión Europea realiza inversiones e innovacioness en salud —con el dinero de los contribuyentes, claro está— los resultados deben revertir sobre los inversores y, además, acceder de forma asequible a sus beneficios. El citado colectivo propone un modelo de investigación e innovación denominado open source, de los que se derivan la ciencia abierta y la medicina abierta que propugnan compartir el conocimiento en lugar de encorsetarlo en las restrictivas figuras de la propiedad intelectual.

Precisamente, la Unión Europea, en el marco del programa de inversiones en investigación y desarrollo —Horizonte 2020— pone el acento en otro de los problemas que rodea a todo este asunto: la investigación. Un modelo abierto, con financiación procedente de los bolsillos de todos los ciudadanos europeos, que requiere de total transparencia por parte de los investigadores para aprovechar al máximo su actividad, los datos son el nuevo petróleo, dice Neelie Kroes, vicepresidenta de la Comisión Europea de cuya libre difusión se pueden beneficiar empresas de todo tamaño, competir y bajar los precios. Según un estudio citado aquí, sólo el 25% de los investigadores comparte los detalles de su trabajo.

En fin, veremos cuántos datos producen 87.000 millones de euros para beneficio de los europeos de la Unión. Existe un precedente en Estados Unidos ya que en 2007 se puso en marcha una medida similar, firmada por G. Bush posiblemente (es una interpretación mía) después de saber que el 60% de las bancarrotas de las familias de este país estuvieron originadas por deudas sanitarias. No he podido encontrar datos más actuales para extraer conclusiones sobre los resultados de esta medida pero la falta de éstos me invita a ser pesimista.

Acabo con las palabras del doctor en Medicina, el ugandés Peter Mugyenyi, interviniente en el documental que he insertado más arriba y que trabaja en Kampala:

“Hemos descubierto tantas cosas en el mundo que es nuestra obligación descubrir la fórmula con la que los negocios puedan continuar y prosperar y los pobres no tengan que pagar el precio por consumir”

 

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